Raders, Margit, Martin Walser (1927-), Madrid: Ediciones del Orto (Biblioteca de la Literatura Alemana), 2006, 96 pp.


En 1999 se erigió un monumento —algo chusco— a Martin Walser (1927) en Überlingen, junto al lago de Constanza y muy cerca de Nußdorf, donde reside; es un privilegio que no se dispensó en vida ni a Goethe (pese al empeño de Bettine von Arnim). De él se ocupa esta escrupulosa y densa monografía –la primera en español-, de intención en parte dialógica, puesto que la autora integra la voz del propio Walser y de sus críticos, y añade una muestra de textos walserianos. Es más que sabido que el discurso literario de la RFA desde poco después de 1945 ha sido centralmente desarrollado por una generación de escritores cuya composición se cubre casi con los integrantes del ‘Grupo 47’. Walser es, de los que quedan, el narrador más señalado.


En su actividad publicística, cuestionada por la crítica desde el comienzo, se cuentan novelas cortas y extensas, piezas teatrales, discursos y ensayos. En España ha encontrado un “llamativo eco” (p. 15), a juzgar por la veintena larga de títulos traducidos, con todo y la heterogeneidad cultural de ambos públicos; aún así, falta por verter lo que yo estimo lo mejor de su obra, los volúmenes de prosa corta sobre Meßmer. Para Raders el escritor “en tanto que cronista de la vida cotidiana alemana ha dibujado con mano segura los contornos de esa realidad y los cambios en la atmósfera emocional de sus protagonistas” (p. 18), aunque aquí el porfiado Jekyll crítico de nuestro escritor, Reich-Ranicki, alegaría que “para ser un cronista tiene demasiado temperamento y demasiado poca paciencia”; dejémoslo en la no contradicción lógica ni empírica de un cronista temperamental, y hasta impaciente. Incuestionada queda su maestría en la apropiación de un cierto Zeitgeist; hasta donde alcanzo, en este punto sólo Koeppen y, en parte, Nossack y Böll podrían ponerse a su altura.


En la trilogía de Anselm Kristlein una sociedad es testada en la concreción de los patogramas que reproduce en su funcionamiento: en la familia, el amor o el matrimonio, en la carrera profesional. Ein Flugzeug über dem Haus und andere Geschichten (1955) tiene motivos fácilmente filiables como kafkianos (Walser se doctoró con una tesis sobre Kafka), que se irán desvaneciendo a medida que el novelista se adentre en el alta mar de su particular forma épica. Su primera novela, Ehen in Philippsburg (1957), tiene una dimensión crítica importante, habitualmente ejercida mediante la sátira. Las que le siguen —la citada trilogía, Halbzeit (1973), Das Einhorn (1974) y Der Sturz (1973)— la ahondan y desarrollan en los indicadores sociales de los veloces cambios que trae el ‘milagro económico’, y sus efectos en las personas. Según algunos críticos el mejor Walser está en una novela de 1982, el Brief an Lord Liszt —a “Franz Horn, el culpable”, lo conocíamos ya de Jenseits der Liebe (1976)—, pero Ohne einander (1993), drama de las personas solas en compañía con sólidas reflexiones, y Tod eines Kritikers (2002), que airea algunos de los mecanismos del éxito social y la dominación en el llamado Literaturbetrieb, no parecen menos atendibles; por lo demás, esta última novela tiene llamativas semejanzas estructurales con el Stiller de Max Frisch. En Ein springender Brunnen (1998) “su radiografía de un tiempo infame acusa acentos conciliadores, con un ingenio amable y una ironía comprensiva y como en voz baja, que toma el relevo de la mirada satírica, exterior, de las novelas anteriores” (p. 49).


Ya podemos identificar una invariante de la obra walseriana: la negativa o incapacidad (parcial) de sus figuras para formar parte de un orden competitivo en que, además, parece no haber lugar para ellas. Con todo, si Walser es abogado de la gente menuda lo es de la subespecie de los centrifugados por ese sistema, lo que lo ubica lejos de, por ejemplo, Hans Fallada; en nuestro escritor hay fisuras, problematicidad. Probablemente por lo mismo su teatro se distancia tanto de las corrientes del absurdo como de las tradicionales; está en deuda con Brecht, pero también en la proximidad de Frisch y Dürrenmatt. Der schwarze Schwan (1964), ‘teatro de la conciencia’ y de la ética schilleriana, es una pieza no del todo lograda contra una forma muy alemana de amnesia; más exitoso fue el drama matrimonial Die Zimmerschlacht (1967). Si por lo general Walser no sabe muy bien qué hacer con los motivos elegidos, In Goethes Hand (1982) sin embargo sitúa muy bien la fuga de Goethe a aquella Weimar, una especie de regresión frente a la sociedad burgesa entonces en formación (una crítica bastante coincidente con la de Ortega, dicho de pasada). En general, sus figuras teatrales son ficciones, se ha dicho, que no viven en la escena y que se sostienen por el furor de la denuncia política: “folletinismo escénico” (Wendt). Aunque inmediatamente después hay que decir también que, en especial en su primera fase, el teatro de Walser señala los traumas de la continuidad entre el pasado pardo y la actualidad de entonces de la RFA, y a este respecto es el precedente inmediato de las propuestas del ‘teatro documental’ que no tarda en llegar, el de Hochhuth, P. Weiss o Kipphardt.


No ha sido un progreso artístico sin riesgos el de Walser, también en lo político; así, en 1986 y en entrevista con, precisamente, Die Welt, arremete, y no era la primera vez, contra el tabú de la partición del país: “Ich werde mich nicht an die deutsche Teilung gewöhnen”. Dos años después remacha el clavo en la Paulskirche de Frankfurt con un apunte que, para quien sepa leer, no alude a lo imprescriptible de los crímenes de Auschwitz, sino a su utilización oportunista, partidaria o rutinaria: “Auschwitz eignet sich nicht dafür, Drohroutine zu werden, jederzeit einsetzbares Einschüchterungsmittel oder Moralkeule oder auch nur Pflichtübung”. En fin, en Múnich y algo más tarde, su alocución “Über Deutschland reden”, levanta de nuevo ampollas. El entonces presidente de la comunidad judeo-alemana, Ignatz Bubis, le llama “geistiger Brandstifter”, y para el inevitable Reich-Ranicki es Walser “ein Kind und ein Mann zugleich, das [...] als Redner versagt und auch als Literat”. Condescendiente o severo, atribución de un papa después de todo es expedir bulas y emitir anatemas, alguna vez también la bendición.


A lo que parece, el escritor como instancia político-moral está extinguiéndose. Y, sin embargo, no es posible negar al mensaje de Walser una cierta universalidad en su alegato por la dignidad de esa quizá no tan reducida minoría de intelectuales hipersensibles y extraviados, como los de Th. Bernhard rehenes de su propio ‘yo’ y agobiantemente conscientes de su infelicidad; y al restituirlos en los derechos de su subjetividad dañada se incorpora al árbol genealógico de los escritores de su tradición atentos a los márgenes: por delante cuando menos el Moritz del Anton Reiser y Ödön von Horváth, y por detrás Botho Strauß o Genazino. “Ich glaube nicht, daß es einen Klartext jenseits eines Romans gibt”, ha dicho en una entrevista de 1986; la novela, según ello, constituiría la optimización artística de unos héroes poco heroicos pero muy (pos)modernos: los que no llegan (del todo), las vidas que implosionan en el camino de su posible realización. El presente trabajo, sobresaliente análisis de una obra literaria, es también un tributo de estricta justicia al autor.

Ángel Repáraz

Madrid


Estudios Filológicos Alemanes (2007) 14, 313-