Cuarenta años y un día de cochambre

Wolfgang Hilbig, Yo, Losada, Madrid 2004,

traducción de Cristina Arranz


Ángel Repáraz


En las presentaciones de la literatura de la antigua RDA las localidades del patio de butacas del canon suelen estar ocupadas por conocidas figuras recurrentes, de Ch. Wolf a Strittmatter y Anna Seghers, de Brecht, G. de Bruyn, V. Braun, Hermlin, H. Kant, A. Zweig y Becher a Ch. Hein. Hay que decir que muchos de ellos han alimentado y se han alimentado de una ‘herencia cultural’ restrictiva e impuesta durante lo que luego resultaron 40 años de aislamiento de un país donde se combatía o ignoraba la vanguardia literaria del siglo XX. Pero también en aquella sociedad, donde el libro aún conservaba casi el monopolio mediático, la literatura era una singular área de protección medioambiental no carente de un cierto encanto. De aquí procede Hilbig, que forma parte de lo que se llamó la literatura de la RDA en el exilio.

W. Hilbig (1941) es de Meuselwitz (Turingia), una zona carbonífera al sur de Leipzig. El padre desapareció en Stalingrado, y él quedó con la madre y los abuelos; el abuelo era un minero polaco analfabeto. Recibió formación profesional y luego trabajó de fogonero, pero cambiando a menudo de oficio. En 1967 la empresa lo envía a unos cursillos para trabajadores con intereses literarios, y diez años después publica su primer libro completo de poesías: Abwesenheit [Ausencia]; lo hizo en el Oeste, lo que tuvo consecuencias serias para él. Luego contó con el apoyo de Fühmann, Hermlin y Ch. Wolf, que le abrieron las puertas de la editorial Reclam de Leipzig. Desde 1985 estaba en la RFA con un visado válido. Su último texto en prosa es Das Provisorium [Situación provisional] (2001), una prueba más de que su país de origen no se le va de la cabeza.

Yo, de 1993, una novela convencional en su composición, es la crónica de despedida de un país cochambroso que escribe un soplón depresivo y algo alcohólico, W., ocupado en seguir los pasos e informar de ‘elementos críticos’. Lo sustenta en su desarraigo la “seguridad” del aparato policíaco, pero se siente un Kaspar Hauser en Berlín Este -también tiene mucho de Roquentin-; no sabemos nada de su existencia anterior provinciana, pero sí de su pasión literaria y su gusto por las galerías subterráneas. Su objetivo es un tal Reader, un talento poético en ciernes cuya acompañante, una muchacha occidental, interesa más de la cuenta a W. Que está soldado a su oficial de contacto, Feuerbach/Kesselstein, como Sancho a Don Quijote, Bouvard a Pécuchet o el esclavo al amo en Hegel; los dos citan a Foucault y a P. de Man, a Baudrillard, Beckett o Hemingway: casi todos autores no publicados en la RDA. Son una pareja patética en un país donde todos quieren huir a Occidente, como se reconoce en la Stasi (imaginariamente lo hacen sus habitantes todas las noches con la televisión occidental), y donde el oficial antifascismo ritualizado pretende cubrir la ausencia de legitimación nacional del sistema. En ese socialismo realmente existente, hasta el final sin una red telefónica a la altura de tal nombre y casi sin ordenadores, busca W. su lugar entre la abulia y la falta de iniciativa, publicando poesía en revistas oficiales o extraoficiales de ambos lados del muro.

Entre el entusiasmo escatológico con que Johannes R. Becher pregonaba la altura metafísica del primer plan quinquenal y el desmoronamiento del muro median unos cuarenta años de erosión; en 1989 ciudadanos de la RDA están ocupando masivamente las embajadas de la RFA en Budapest y Praga, Feuerach/Kesselstein está cayendo -habla de “esta RDA de mierda”- y W. toca fondo, extenuado por las manías que le impone su actividad, las ocultaciones y la envidia que siente por Reader y la muchacha.

Hilbig avanza en la novela mucho de lo que hemos ido sabiendo con la publicación de las actas Gauck, y en la anatomía del texto está todo el anacronismo de la conciencia social que se quiso crear. “Tenía la sensación cada vez mayor de que pensaba todo con un retraso de varios años” (p. 362), dice de sí W., sin por ello atreverse a emprender un camino propio para zafarse de la mugre depresiva general. Como fuera, antes de las decisiones los llamados órganos de seguridad le pasan factura con una detención, chantajes y complicaciones. Un poco tarde, de todas maneras, para el reconocimiento de que el Estado para el que trabajaba era servil, cruel, mendaz y estúpido. Ya cerca del final W. se hace una pregunta altamente interesante: “¿por qué no podían confluir partes de estos informes en los textos que había pensado enviar a las revistas?” (p. 294); así pues, si novelas como ésta son patografías sociales, la auténtica literatura de la RDA estaría en los informes policiales...

La crónica tiene adherencias de Kafka en su precisión y su humor oscuro, pero el desgarro de Hilbig por la asimetría estructural de las dos partes de su país está más del lado de U. Johnson. En fin, toda resistencia tiene un límite, y su W. tira la toalla y vuelve a A., como el Pedro de Tiempo de silencio derrotado en toda regla. En Berlín y Leipzig entre tanto grandes movilizaciones ponen al régimen ante el vencimiento inaplazable de su última letra. Ya en A., W. se presenta, claro está, en las dependencias de la Stasi. “No lo olvide, la historia trabaja para nosotros, tenemos tiempo” (p. 383), le dice su nuevo jefe: el sistema también había arrendado el futuro.